martes, 20 de mayo de 2008

 

Hoy aterrizé nuevamente sobre los cielos de tierra.
Con alas quemadas por el aliento de los dragones con lentes que hay por esos lados lejanos a mi centro y cercanos a mi tiempo.
Los marfiles me suenan fuerte otra vez, me suenan frios y cálidos a la vez, como si se tratara de una tormenta tropical que me sigue por todos lados, y que por cierto, me gusta, quién sabe por que...
Sucede que cuando el hielo de las manos del anciano de la esquina me tomaron las mejillas, sentí lentamente como todo se ausentaba a los alrrededores. Como si cada gota de agua que cae del cielo fuera una persona, y que sin percibirlo antes, irónicamente el frio mismo es el sol y las seca.
Comenzaron las partes más misteriosas del día, el anciano seguía palpando mi rostro, y yó de la mano con aquello, suspiraba mientras me las ingeniaba para no salirme de ese trance en un tiempo más largo del que imaginaba hasta lo que llevaba aquel proceso. Pero cuando menos lo pensé, desapareció todo, y ya no había nada más que un par de guantes tirados en el piso, yó mirándolos, y el anciano que caminaba en línea recta frente a mis ojos.
Y yó ahí son mas que hacer que recojer los guantes y correr tras el anciano, pero no quize hacerlo, solo los tomé y caminé en sentido contrario.

Tenga en cuanta mi estimado caballero, que el no hacer nada cuando se puede hacer todo es negar que el todo de uno mismo es la nada de quién se es hace un par de segundos.
Entonces, no me niego a volver a suspirar entre las fauces de lo injusto, para poder mirar desde otro lado a mis mismas siluetas que con el pasar del día se fueron quemando con el hielo.

Cuelguese de su cuello entonces. Y respire todo lo que pueda, por que no es muhco el aire puro por estos días, y yó aún me quejo de el asma.

0 Terrestres en la luna de Ludwig Van Rocker: